miércoles, 8 de enero de 2025

OPNIÓN I El fabuloso negocio de hacer politiquería con la pobreza y desgracia de los infortunados - Esteban Farfán Romero 8El Marucho)

 EL DEDO EN LA LLAGA

 

 

El fabuloso negocio de hacer politiquería con la pobreza y desgracia de los infortunados

Por: Esteban Farfán Romero[1] (El Marucho[2])

Libertad, Igualdad ante Ley, Gobierno reducido y Economía de Mercado Libre.[3]

E-Mail: elmarucho@elmarucho.com

 

 

«La mentira es una herramienta política de los que no tienen ideas verdaderas que ofrecer.»

— Friedrich Nietzsche

 

«El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres.»

— Platón

 

«La política, cuando se aleja de los principios éticos, se convierte en un mero juego de poder.»

— Mahatma Gandhi

 

Desde hace mucho tiempo, deseaba escribir sobre este importante tema que me producía un ardor en el corazón, hasta que no soporté el calor del fuego, y me di el tiempo para reflexionar sobre el asunto, que considero muy serio, porque es parte de la dilatada práctica de la vieja política criolla ramplona y vulgar de Yacuiba; la política de la mendicidad y la instrumentalización cínica y desvergonzada de una acción cristiana virtuosa muy importante y piadosa, como es la solidaridad.

 

En este documento voy a realizar una disección rápida, una crítica axiológica al populismo cavernario y desenmascarar su clara intención perversa de perpetuación de la pobreza, como estrategia oculta, para mantenerse en el poder y preservar los privilegios.

 

Especialmente en esta época de Navidad, como en tiempos cercanos a las elecciones, asistimos nuevamente al grotesco y obsceno espectáculo de viejos y malos políticos que, bajo la fachada de solidaridad, reparten regalos y beneficios materiales a niños y familias pobres, instrumentalizando el sentimiento moral cristiano para obtener ventajas personales. Este fenómeno, que llamo la política de la mendicidad, es una de las prácticas más grotescas y aborrecibles de la vieja política, una estrategia que revela el verdadero rostro del populismo cavernario: perpetuar la pobreza porque, gracias a ella, estos políticos se mantienen en el poder.

 

La vieja y rancia clase política tradicional revive su vieja estrategia: actos públicos de entrega de regalos a los niños, campañas solidarias intensamente publicitadas en los medios de entrega de objetos necesarios a personas seleccionadas previamente con alta y urgente necesidad, todo bajo la bandera de la "solidaridad". Pero, lejos de ser un gesto de humanidad, estos actos son la manifestación más aborrecible de lo que llamo la política de la mendicidad. No es solidaridad, sino la explotación calculada del sufrimiento humano para construir una narrativa política personalista y populista.

 

En la ética cristiana, la solidaridad es un principio fundamental, y se relaciona con el mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo. La solidaridad cristiana se basa en la caridad, que es el amor desinteresado, sin esperar nada a cambio y entregado a los demás por amor a Dios. Eso significa, que no debe ser instrumentalizado.

 

Jesús señaló que una característica de la verdadera solidaridad es que ésta es reservada, secreta. "Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará", dijo Jesús en Mateo 6:3

 

Jesús enfatizo este aspecto, porque los religiosos, escribanos y fariseos, a los que llamó hipócritas, generación de víbora, sepulcros blanqueados, detenían el trafico y hacían tocar trompetas, para que todos vean, que eran solidarios con los menesterosos. Exactamente como suceden en la actualidad, solo que ya no se usan las trompetas, sino los medios de comunicación y las redes sociales.

 

Curiosa y paradójicamente, los que practican este tipo de ominosas acciones políticas, son los mismos que han desgraciado a Yacuiba y al Chaco, con sus (malas) decisiones, condenando a miles de chaqueños, a la pobreza y miseria.

Lo grave, es que se tienen (buenos) alumnos, nuevos que ingresan a la política, que copian fielmente estas ominosas y viejas prácticas, y las reproducen, con el fin de hacerse del poder usando el mismo método, haciendo de la política un comercio, cuando lo que deberíamos hacer es que estas conductas se corten de cuajo.

 

Esta práctica no solo es inmoral; es corrosiva. Perpetúa la pobreza, vacía de significado la acción política y erosiona la dignidad de las personas. Los políticos que recurren a esta táctica reproducen un sistema de dependencia que les garantiza relevancia. ¿Por qué? Porque su éxito político depende de la existencia de ciudadanos empobrecidos que sean susceptibles de ser manipulados a través de gestos simbólicos, pero vacíos de compromiso estructural.

 

La solidaridad genuina implica un acto desinteresado que busca mejorar la vida de los demás, mientras que lo que vemos en estas prácticas es una burda instrumentalización del sufrimiento humano. No se trata de justicia social ni de un compromiso con las ideas, sino de una manipulación espuria del dolor para proyectar una falsa imagen de cercanía y empatía. Como bien señala la filosofía política desde Platón, quien se decepcionó de la democracia viendo cómo personajes como Alcibíades traicionaban su esencia, la política no debe ser un espectáculo de prebendas, sino una plataforma de ideas, propuestas y confrontación crítica que busque el bien común.

 

La política de la mendicidad: la perpetuación de la pobreza como estrategia de poder

 

La política, cuando se practica con ética y visión, debería ser un instrumento para transformar la sociedad, superar desigualdades y construir un futuro mejor para todos. Sin embargo, en Yacuiba, persiste arraigado en la vieja clase política una forma degradante de hacer política que convierte la pobreza en un activo político. Esta práctica, que denomino la política de la mendicidad, no solo perpetúa la desigualdad, sino que degrada los valores democráticos, socava la dignidad humana y convierte a la solidaridad en una herramienta de manipulación.

 

La pobreza como recurso político: una relación perversa

 

El núcleo de la política de la mendicidad radica en una relación perversa entre los políticos y las condiciones de pobreza que afectan a amplios sectores de la población. Para estos líderes, la pobreza no es una tragedia que debe resolverse con políticas públicas estructurales transversales; es una herramienta indispensable para su supervivencia política, disfrute y goce del poder.

 

El populismo —especialmente en su variante más cavernaria y anacrónica— ha encontrado en la pobreza un terreno fácil y fértil para el clientelismo y el prebendalismo. En lugar de empoderar a los ciudadanos, estas prácticas los mantienen en un estado de dependencia perpetua. Los regalos navideños, las sillas de rueda, muletas, las bolsas de alimentos y las promesas de ayudas inmediatas son solo ejemplos superficiales de una estrategia más profunda: mantener a las masas en la pobreza para garantizar su lealtad electoral.

 

Como señaló el economista Amartya Sen, la pobreza no es solo una falta de ingresos, sino una privación de capacidades. Sin acceso a educación, salud, empleo digno y participación política efectiva, los ciudadanos se convierten en sujetos pasivos, susceptibles a las manipulaciones de estos políticos que posan como benefactores, pero actúan como perpetuadores de un sistema injusto.

 

La instrumentalización de la solidaridad y de la pobreza: un recurso político perverso.

 

La pobreza no es solo un problema económico; es, en manos de políticos sin escrúpulos, un capital político. El populismo cavernario —heredero de una izquierda obsoleta que romantiza la marginalidad— ha perfeccionado la estrategia de perpetuar el sufrimiento para asegurar su supervivencia. En este esquema, el ciudadano no es un sujeto político pleno, sino un receptor pasivo de migajas, limosnas.

 

Esta lógica está profundamente arraigada en el prebendalismo, una práctica en la que los recursos públicos se distribuyen de manera clientelar, no como un derecho, sino como una dádiva. Lo más grotesco de esta práctica es que convierte la pobreza en una herramienta funcional al sistema político. Estos actores necesitan mantener las condiciones de vulnerabilidad para seguir proyectándose como "redentores".

 

Lejos de buscar soluciones estructurales, estos políticos eluden debates serios sobre justicia distributiva, políticas públicas sostenibles y reformas profundas. Se refugian en una teatralidad que apela al sentimentalismo, y lo hacen con éxito porque han aprendido a manipular los valores más profundos de la sociedad, como la solidaridad y la empatía, vaciándolos de contenido genuino.

 

Una grotesca y obscena manipulación moral

 

Uno de los aspectos más aborrecibles de esta práctica es la manipulación de valores profundamente humanos como la solidaridad y la empatía. En épocas como la Navidad, estos políticos apelan a los sentimientos de compasión de la ciudadanía, pero no para resolver problemas estructurales, sino para obtener réditos personales.

 

Es importante entender que esta estrategia no es solidaridad en el sentido moral cristiano, que busca el bien del prójimo de manera desinteresada. Es una forma de instrumentalización política, diseñada para perpetuar un sistema de lealtades clientelares. En este contexto, la pobreza no se combate; se administra y se reproduce.

 

La vieja política: prebendalismo, clientelismo y populismo cavernario

 

La política de la mendicidad no es nueva. Está profundamente arraigada en las tradiciones prebendales y clientelares que han dominado gran parte de la política latinoamericana y global. En estas prácticas, el poder político no se basa en la capacidad de transformar la realidad, sino en la habilidad de repartir beneficios de manera discrecional.

 

El filósofo y político italiano Niccolò Maquiavelo, en El Príncipe, advertía sobre la importancia de mantener al pueblo satisfecho para preservar el poder. Sin embargo, esta satisfacción no debe entenderse como la provisión de derechos y oportunidades, sino como una táctica de control basada en la dependencia. En el caso de la política de la mendicidad, este control se logra a través de gestos simbólicos que no resuelven problemas, pero generan una percepción de "cercanía" con el pueblo.

 

La vieja política: prebendalismo y clientelismo

 

Los (viejos y nuevos) políticos que recurren a estas prácticas no solo representan lo peor y miserable de la vieja política, sino que también reproducen eficazmente las condiciones que dicen discursivamente combatir. La pobreza no es una desgracia que simplemente aprovechan; es el terreno que necesitan para florecer y beneficiarse. En palabras claras: viven de la pobreza. Cuanto mayor sea la desigualdad, más fácilmente se consolidan como "líderes carismáticos" que "ayudan al pueblo". Es un ciclo perverso donde no hay intención de cambiar estructuras, solo de mantenerlas para su beneficio.

 

Lo más indignante es que estas estrategias han funcionado durante décadas, pero los tiempos están cambiando. Las redes sociales han revolucionado la forma de hacer política, derribando paradigmas verticales y prebendales. Antes, la relación entre político y ciudadano era unidireccional: el primero dictaba y el segundo obedecía. Ahora, vivimos en una era de relaciones horizontales donde las lealtades son efímeras y las legitimidades temporales. La gente está más informada, crítica e interactiva.

 

Una política desprovista de ideas

 

La política, entendida como el arte de lo posible, debería basarse en la confrontación de ideas y en la construcción de consensos que busquen el bien común. Sin embargo, la política de la mendicidad carece de toda profundidad intelectual. Es un espectáculo vacío, un despliegue de gestos calculados para la fotografía, diseñado para obtener beneficios inmediatos.

 

Platón ya advertía sobre los peligros de una democracia sin educación y ética, donde la mayoría puede ser fácilmente manipulada por líderes carismáticos y demagogos, como Alcibíades. En lugar de elevar el nivel del debate, estos políticos lo degradan, sustituyendo el intercambio de propuestas por actos simbólicos que no resuelven problemas de fondo.

 

La profesionalización de la política exige abandonar estas prácticas. Los líderes verdaderamente comprometidos no deben apoyarse en gestos simbólicos, sino en propuestas sólidas y ejecutables. Los ciudadanos no son mendigos; son sujetos políticos que merecen respeto y soluciones reales.

 

Una nueva sociedad crítica e implacable

 

Vivimos en una sociedad líquida, como bien describió Zygmunt Bauman, caracterizada por la inestabilidad y la fluidez de las relaciones sociales. En este contexto, la ciudadanía ya no tolera la vieja política de prebendas y regalos. Las redes sociales no solo informan, sino que permiten denunciar y desarticular prácticas corruptas y manipuladoras. Hoy, un político no puede esconder sus intenciones tras una bolsa de caramelos o un juguete; cada acto es escrutado y puesto en juicio público.

 

La política moderna demanda propuestas serias, análisis profundos y debates de altura. Los jóvenes que aspiran a ser líderes deben aprender que la política profesional no se construye sobre la instrumentalización de la pobreza, sino sobre la confrontación de ideas y la capacidad de transformar la realidad mediante proyectos concretos. Es hora de dejar atrás el populismo cavernario y mendicante que ha caracterizado a tantos líderes en América Latina.

 

La ruptura del paradigma: La revolución e impacto de las redes sociales y el fin de la política clientelar

 

El surgimiento de las redes sociales ha transformado radicalmente el panorama político. Estas plataformas han puesto fin a la unidireccionalidad que caracterizaba a la política tradicional, donde el político era el emisor y el ciudadano, un receptor pasivo. Hoy, la relación es horizontal, interactiva e inmediata.

 

Las redes han permitido a la ciudadanía organizarse, denunciar y articular respuestas críticas frente a los abusos de poder. La política de la mendicidad, basada en una narrativa vertical y paternalista, ya no tiene cabida en un entorno donde cada acción es escrutada públicamente y las legitimidades son frágiles y efímeras.

 

La realidad actual, es que vivimos en una sociedad líquida, donde las relaciones, las ideas y las lealtades son transitorias. Esto ha creado un electorado más exigente, informado e implacable. La política basada en prebendas y gestos populistas está siendo reemplazada por una demanda de transparencia, coherencia y resultados tangibles.

 

Hoy, las redes sociales están revolucionando la forma de hacer política y desafiando la vigencia de estas prácticas arcaicas. La política de la mendicidad, que antes se beneficiaba de una ciudadanía pasiva y desinformada, enfrenta ahora un entorno donde cada acto es registrado, analizado y criticado en tiempo real.

 

Las redes han democratizado la información, permitiendo a la ciudadanía cuestionar y denunciar las prácticas clientelares. Además, han transformado la relación entre los políticos y los ciudadanos, pasando de una estructura vertical y paternalista a una interacción horizontal e inmediata.

 

Sin embargo, este cambio también plantea nuevos desafíos. Aunque la ciudadanía es más crítica e informada, las redes sociales pueden convertirse en herramientas de desinformación y manipulación. La lucha contra la política de la mendicidad no solo requiere transparencia y rendición de cuentas, sino también un esfuerzo por educar y empoderar a la población para que reconozca y rechace estas prácticas.

 

Hacia una práctica política basada en ideas transformadoras y soluciones serias y profundas

 

El desafío para los nuevos líderes es abandonar los vicios e inmoralidades de la vieja política y construir una práctica basada en principios éticos, innovación y soluciones estructurales.

 

El fin de la política de la mendicidad implica un cambio radical en la forma de entender y practicar la política.

 

Esto implica avanzar hacia una práctica política basada en principios y soluciones:

 

1. Fortalecer las instituciones: Una política seria debe priorizar el fortalecimiento de las instituciones democráticas y no depender de figuras carismáticas y populistas.

 

2. Educación cívica: Una ciudadanía informada y crítica es la mejor defensa contra el populismo y el clientelismo. Es fundamental invertir en educación cívica para empoderar a las personas y fomentar una participación política activa y consciente.

 

3. Políticas públicas estructurales: En lugar de distribuir prebendas, los líderes deben implementar políticas que aborden las causas profundas de la pobreza, como la desigualdad, el acceso limitado a servicios básicos y la falta de oportunidades económicas.

 

4. Ética política: La política debe recuperar su dimensión ética, basada en la búsqueda del bien común y el respeto por la dignidad humana. Esto implica rechazar las prácticas de manipulación y promover una cultura de responsabilidad y transparencia.

 

5. Propuestas basadas en datos: Las decisiones deben sustentarse en investigaciones y análisis rigurosos, no en percepciones o sentimentalismos.

 

6. Empoderar a los ciudadanos: Más que repartir dádivas, los políticos deben garantizar el acceso a derechos, como educación, salud y empleo digno, que permitan a las personas salir de la pobreza de manera sostenible.

 

7. Ética, Compromiso y responsabilidad: Los nuevos líderes deben actuar con integridad, conscientes de que su labor no es caridad, sino una obligación con el bienestar colectivo.

 

8. Renovación de liderazgos: Los nuevos líderes deben alejarse de los vicios de la vieja política y construir una visión basada en la innovación, la sostenibilidad y el compromiso social.

 

Un cambio de paradigma

 

El fin de la política de la mendicidad no solo es deseable; es inevitable. La ciudadanía exige más y mejor política. El tiempo de los políticos que viven de la pobreza está llegando a su fin, empujado por una sociedad que ya no tolera la manipulación.

 

En esta nueva era, los líderes deberán entender que la política es un servicio, no un negocio. Es hora de construir un sistema donde la pobreza no sea una herramienta de poder, sino un desafío a erradicar. Solo entonces podremos hablar de una democracia madura y de una política que realmente transforme la sociedad.

 

La política de la mendicidad es el último resquicio de un sistema agotado. Quienes aspiren a liderar en el futuro deben aprender de sus errores y comprometerse con una nueva forma de hacer política, basada en la ética, el respeto y la construcción de un verdadero bienestar común.

 

El fin de la política mendicante

 

Si algo nos ha enseñado la modernidad es que las sociedades implacables no perdonan. La política debe evolucionar hacia un compromiso ético con el desarrollo integral de la población, donde la pobreza no sea una herramienta de manipulación, sino un desafío a superar. Solo así podremos hablar de una democracia sólida y de líderes que verdaderamente representen los intereses de la gente.

 

En conclusión, la política de la mendicidad es un truco de la vieja izquierda populista que debe ser erradicado. El futuro pertenece a quienes entiendan que gobernar es transformar, no mendigar votos con falsas promesas y regalos. La ciudadanía ya no es pasiva; es más exigente y crítica. La política de las prebendas está muriendo, y con ella, los políticos que viven de la pobreza.

 

La política como instrumento de transformación, no de perpetuación

 

La política de la mendicidad es un vestigio de un sistema político obsoleto, que ha sobrevivido gracias a la pobreza y la manipulación de los valores humanos. Pero los tiempos están cambiando. La ciudadanía exige líderes que se comprometan con un cambio real, no con gestos simbólicos y estrategias clientelares.

 

Erradicar esta práctica no es solo una cuestión de ética, sino una condición necesaria para construir democracias sólidas y sociedades más justas. Es hora de abandonar la política de la mendicidad y construir una nueva forma de liderazgo basada en principios, soluciones y respeto por la dignidad humana. Solo así podremos avanzar hacia una sociedad donde la política sea verdaderamente un instrumento de transformación y progreso.

 

Yacuiba, 7 de enero de 2025

 

 

 

 

 

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Yacuiba – Gran Chaco – Bolivia



[1] Es especialista, Estratega y Asesor en Gestión Pública, Gobierno, Imagen, Media Training y Comunicación Política.

[2] Muchacho hábil, sagaz, adiestrado, valiente, inteligente y buen conocedor de los caminos, que, montado en la marucha o yegua madrina, guía por un camino escarpado y accidentado a una manada de ganado caballar o vacuno, que es trasladado de un lugar a otro con condiciones mejores para los animales. Es el responsable del animal que hace de cabeza y guía en el arreo de traslado, sea montado sobre él o llevándolo de tiro.

Esta práctica casi ha desaparecido por completo, con la mejora considerable de condiciones de pastoreo, caminos y comunicación, por lo que ya no es necesario movilizar a la tropa de esa forma.

[3] Liberal, libertario, minarquista.










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